La importancia del Omega 3 y 6 en nuestra historia

Desde los inicios de la evolución humana el consumo de ácidos grasos Ω-3 ha sido de capital importancia. Estudios antropológicos sitúan a nuestros primeros ancestros homínidos en las cercanías del lago Turkara (África). Supuestamente el consumo de altas cantidades de pescado (fuente natural de Ω-3), procedentes de dicho lago, fue un factor importante en el desarrollo de la corteza cerebral (responsable del pensamiento) y aumento del índice de cefalización (aumento de la capacidad cerebral). Este aumento de la capacidad cerebral estuvo fuertemente ligada al aumento de las capacidades cognitivas y de razonamiento, al desarrollo de la autoconsciencia, la aparición de las primeras manifestaciones artísticas e incluso el desarrollo del lenguaje.

En la actualidad, la grasa está presente en multitud de productos alimenticios que consumimos, aumentando el aporte calórico de nuestra dieta, y allí radica parte de la problemática que genera en nuestra alimentación, lo cual se agrava aún más con la vida sedentaria que llegamos. Otro problema al que nos enfrentamos es la calidad de las grasas que ingerimos.

Las plantas fabrican grasas a partir de los hidratos de carbono, como forma de almacenar energía solar durante mucho tiempo. Suelen hacerlo en las semillas, para que el embrión en desarrollo tenga alimento concentrado hasta que empiece a fabricar azúcar mediante la fotosíntesis. Los animales en cambio producen sus propias grasas a partir de los hidratos de carbono, las grasas vegetales y las grasas de otros animales.

2.1 La alimentación moderna

En el siglo XX, el hombre cambió de una manera drástica y radical el modo de alimentarse, en contraste con un proceso evolutivo de miles de años. Los sistemas industriales de producción de alimentos crearon una artificialización sin procedente en la historia de la humanidad. Este desborde de tecnología abarcó todos los sectores de la producción: agricultura, ganadería y procesos industriales.

El consumo de proteínas de origen animal ha incrementado espectacularmente en el último siglo (un aumento sin precedentes a causa del menor poder adquisitivo). Dicho aumento en el consumo de proteína animal se ha hecho a expensas de carne producida industrialmente, con animales sobrealimentados, hormonados y que no realizan ningún esfuerzo muscular (el caso de los bovinos se trata de machos castrados). Esta  carne tiene poco que ver con la carne que consumían nuestros antepasados cazadores. La carne de caza es rica en ácidos grasos poliinsaturados, mientras que la carne de animales criados industrialmente tiene un alto contenido en ácidos grasos saturados y es muy pobre en insaturados.

En el caso del cerdo las diferencias son muy notables: los ácidos grasos insaturados están casi ausentes si el animal ha sido criado industrialmente, mientras que son relativamente abundantes si el animal ha sido alimentado de forma tradicional (tenían una alimentación variada en  muchos casos basada en el consumo de bellotas).

Hay ejemplos que muestran los perjuicios de la alimentación refinada y de un aporte insuficiente de los ácidos grasos Ω-3: durante la 2º Guerra Mundial, los noruegos dejaron de tener acceso a los aceites refinados y aumentaron en un 50% el aporte de ácidos Omega 3 por medio del consumo de pescados salvajes, Esto coincidió con un descenso del 40% en enfermedades cardiovasculares, esquizofrenia y cáncer.

2.2 Proporción de Omega 3 y Omega 6

Tal y como se ha apuntado anteriormente, fue alrededor de los grandes lagos del Este de África, donde empezó el fenómeno de aumento del índice de cefalización e incremento de la corteza cerebral de los primeros Homo Sapiens. En la dieta de estos primeros hombres la proporción entre ácidos grasos Omega 3 y Omega 6 estaba perfectamente equilibrada (en proporción 1:1), además su alimentación era pobre en grasas saturadas. Se piensa que este equilibrio permitió un rápido desarrollo en el cerebro y en consecuencia en sus habilidades cognitivas.

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Hoy en día, en Occidente, la proporción entre Omega 3 y Omega 6 en la alimentación es de 1:10 a favor de los Omega 6, e incluso puede alcanzar hasta 1:25 para ciertas poblaciones, Además, nuestra alimentación es muy rica en grasas “saturadas” como la mantequilla o las grasas de la carne animal, que son sólidas a la temperatura ambiente. Cuando nuestro organismo asimila estas grasas que son más rígidas, y las incorpora a las membranas de las células, estas pierden flexibilidad y sus funciones pueden alterarse.

El consumo de unas proporciones de ácidos grasos esenciales adecuadas es fundamental para el mantenimiento del estado de la salud. Una proporción 4:1 Entre ácidos grasos Omega y y Omega 3 se considera funcionalmente óptima. Una perturbación del equilibrio entre Omega 3 y Omega 6 puede modificar el funcionamiento del organismo y favorecer la aparición ciertas patologías. De igual manera, un aporte cercano al equilibrio óptimo Omega 6/ Omega3 (4:1) parece ejercer una acción preventiva de esas patologías.

2.3 Alimentos que contienen ácidos grasos Ω-3

Los Omega 3 pueden ser de origen vegetal (aceite de colza, de nueces, de semillas de lino), o de origen animal (pescado, aceite de pescado…). Los Omega 3 de cadena larga están presentes mayoritariamente en el aceite de pescado.

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Fuente | VenPharma

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